Este Estado insular ártico, que carece de ejército convencional desde su independencia en 1944, debate con urgencia su estrategia de seguridad nacional. El giro hostil de la Casa Blanca hacia Groenlandia y las dudas sobre el compromiso de la OTAN impulsaron a la primera ministra Kristrún Frostradóttir a convocar un referendo clave para ingresar a la Unión Europea.
Durante más de siete décadas, Islandia disfrutó del singular estatus de ser el único miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desprovisto de un ejército regular. Protegida por su geografía indómita y amparada bajo un histórico tratado bilateral de defensa con los Estados Unidos firmado en 1951, la isla delegó tradicionalmente el control de sus cielos y mares a los cazas y submarinos de sus aliados. Sin embargo, el actual escenario internacional y el retorno de Donald Trump a la presidencia norteamericana destruyeron esa centenaria zona de confort, obligando a Reikiavik a un replanteo geopolítico sin precedentes.
La chispa que encendió las alarmas en la comunidad nórdica proviene de las reiteradas presiones de la Casa Blanca por «poseer» la vecina Groenlandia bajo argumentos de seguridad nacional, sumado a una serie de confusas declaraciones de Trump en el Foro de Davos donde criticó el costo financiero que la región le genera a Washington. Expertos locales advierten que la agresividad retórica del mandatario estadounidense y su cuestionamiento a la cláusula de asistencia mutua de la OTAN son aplicables de igual forma a Islandia, cuya base aérea de Keflavík sigue siendo considerada el «portaaviones hundible» estratégico para vigilar los movimientos rusos en el Atlántico Norte.
Pese a las amenazas, la creación de unas fuerzas armadas convencionales está prácticamente descartada: con apenas 400.000 habitantes y un 80% de territorio inhóspito, el 72% de la población rechaza el servicio militar y prefiere delegar el orden en su prestigioso cuerpo de guardacostas. Ante este dilema, la administración de la primera ministra socialdemócrata Kristrún Frostradóttir pateó el tablero político al anunciar un histórico referendo para el próximo 29 de agosto, en el cual la ciudadanía definirá si se reabren las negociaciones de adhesión a la Unión Europea, congeladas desde 2013. Aunque el bloque europeo no es una alianza militar, sus estrictos pactos de defensa mutua y la estabilidad económica del euro asoman hoy como el nuevo escudo protector frente a los nubarrones que llegan desde Washington.
